Carta Seikyuji Septiembre 2016 – número19

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Carta Seikyuji completa

Queridos amigos / Queridas amigas:

Como sabéis, este verano he estado en el sur de la India haciendo una cura ayurvédica en una clínica tradicional. Si quiero hablaros de ello no es, en absoluto, por hablaros de mi enfermedad, que, por otro lado, va mejor, sino por evocar este país que vio nacer al Buda Shakyamuni y que me ha conmovido profundamente. El viaje, en primer lugar, desde el aeropuerto de Coimbatore hasta la clínica en taxi, trayecto de una hora que, a pesar del cansancio de ese largo vuelo, me deja estupefacto ante el inaudito espectáculo.

En la carretera en un caos indescriptible se cruzan coches, motos, perros, asnos, búfalos, vacas, que surgen como de ninguna parte, y a cada instante, parece que va a tener lugar un drama; al final, la curva de ese desbarajuste afortunadamente se corrige, como hace sobre el alambre el funámbulo que continúa apaciblemente su andar en un frágil equilibrio, igual que El Principito entre las estrellas. En medio de ese caos, de esa muchedumbre, de los bocinazos con los que todos subrayan su presencia, se dibuja un orden.

Por fin llegamos al hospital al pie de las montañas: construcción modesta en medio de un parque en el que se distingue un templo hinduista. Cálida acogida del personal. Voy a estar allá tres semanas, principalmente en una habitación de confort espartano. El desarrollo de los días se parece más a la vida monacal que a la vida en una clínica. Cada una de mis jornadas empezará invariablemente al alba con zazen, recitado de sutras y para terminar un Daishin dharani ofrecido cada mañana a uno de mis seres queridos desaparecido: mis padres, miembros de mi familia, Sensei, Étienne y todos aquellos de nuestra gran sangha ya fallecidos y que, sin embargo, están tan presentes.

Esta práctica solitaria y sin embargo tan unida en pensamiento a todos vosotros ha sido para mí maravillosa. El acercamiento del personal del hospital a la medicina está estrechamente ligado a la totalidad de la persona y no solo a su patología; unido a la totalidad del universo y a su dimensión religiosa. En este sentido, mi estancia en este lejano país se lleva a cabo ante todo como monje.

Las ceremonias que tienen lugar en el templo, del que se oyen la campana y los tambores dar todas las horas del día, me recuerdan como un lejano eco las que practicamos en Europa. Las Pujas, ancestro de nuestros kitos, cuyas formas más primitivas y coloristas me conmueven por ese nexo lejano que se muestra con evidencia.

Las ceremonias que abren y clausuran algunos de los tratamientos acompañados por un Sutra; los médicos que, por la mañana antes de franquear la puerta del hospital, van al templo para rendir homenaje en los diferentes altares; el monje que cada mañana viene del templo para ofrecer en cada habitación flores y polvo rojo y oro colocado sobre una hoja de bananero: todo esto me recuerda las enseñanzas de mi maestro, lo que demuestra que nada está separado y cada gota de agua resuena infinitamente en todo el universo.

Para dar las gracias al personal del hospital, desde las mujeres de la limpieza hasta el personal sanitario, sigo la costumbre de los indios que consiste en ofrecer una comida en el templo a la que todos quedan invitados. Lo que se sirve es mejor y más abundante que en el día a día. Para iniciar la comida tengo que colocar en una hoja de bananero un poco de todos los alimentos que la componen, después, como yo soy el donante, he de servir yo mismo el arroz a los que se presentan.

Todo esto también responde como un eco a nuestra forma de ofrecer un poco de arroz o de pan al principio de las comidas para los seres hambrientos.

He ido al País del Buda para poder defenderme mejor del cáncer. Lo que he encontrado supera con mucho el marco de mi enfermedad. Allí también he encontrado una renovación inesperada para mi práctica. En el taxi de vuelta al aeropuerto tengo la sensación de acabar de hacer una larga sesshin de tres semanas.

Espero poder saber transmitiros esta cura de renovación.

El maestro Deshimaru nos repetía a menudo que lo malo puede transformarse en bueno. Nunca es alentador descubrir que un cáncer se ha instalado en tu casa. Pues bien, gracias a que mi salud se ha visto en peligro he podido descubrir un mundo que ha hecho crecer mi práctica.

Con toda mi amistad.

Raphaë l Triet